Al margen de la lengua que se hable, hay una dinámica verbal fascinante en el idioma de lo contemporáneo que consiste en transformar unas magnitudes en otras. Los kilómetros, por ejemplo, hace ya mucho que son minutos. Usted pregunta cuánto hay de aquí a París y nadie le contestará en términos de distancia sino de duración: “Tres horas de avión”, se le responderá. El prestigio del viaje ya no está en el trayecto sino en lo que se tarda en llegar al destino. Hemos convertido, sí, al Espacio en Tiempo como única manera de hacer todavía de aquél un material elástico. Lejos y cerca son adverbios relativos; su última razón está en función de otros que, aunque no aparezcan, se están convocando: llegar pronto o llegar tarde. Durar mucho o tardar poco. Esa es la cuestión.
En realidad, desde que el mundo es una habitación demasiado llena viene sucediendo algo parecido a una huida de compromisos con el espacio y sus servidumbres. Quién lo iba a decir. El Tiempo, aquel animal irreductible de fauces abiertas es ahora la gran baza a la que se puede seguir ganando terreno. Trenes ultraveloces, aviones supersónicos o vehículos construidos con sagacidad aerodinámica siguen demostrándolo.
En cuanto al espacio, con el siglo XX llegó a las ciudades el impulso vertical de los rascacielos. La modernidad era cuestión de altura. A más pisos, más modernos. Pero, ay, razones ecoestéticas y razones más graves han puesto ya en entredicho la verticalidad. Y la arquitectura babélica se transformó en un polimorfismo brillante y casi orgánico. En efecto, al Empire State o a las desaparecidas Torres Gemelas les sucede la estética abollada del modelo Guggenheim, con ese espíritu onfálico con el que parece no buscarse en las nubes sino en el interior de sí mismo, todo lo más en el interior germinal de la Tierra, tendiendo a desaparecer o a dar de antemano cierta sensación de fragilidad, de arruinamiento. Eso cuando la arquitectura no se mimetiza con el entorno, como ocurre con los puentes. Ya que se vuelve a ocupar espacio donde casi no hay, al menos pasar inadvertido. Esa parece ser la norma, ¿no?
Últimamente hay algo más. El horror a la masa, a lo que ocupa, se salda con una atracción por lo liviano. Es aquí donde entra en juego la novedad semántica del verbo “pesar”. Al igual que “ocupar”, verbo improcedente, expulsado de nuestras expectativas de modernidad, “pesar” es también un verbo anacrónico, tanto que también se ha transformado —y esto es muy reciente— en el ámbito ectoplásmico del mundo de la información. Y todos lo sabemos ya: que un documento pese mucho en el correo electrónico quiere decir en realidad que ocupa demasiado. Así se han neutralizado esos dos verbos inconvenientes en una sociedad globalizada que despeja los espacios y desdeña los volúmenes. “Ocupar” queda, entonces, como concepto vigente en el ámbito bélico-político, y siempre con un significado cargado de violencia: ocupar por la fuerza y sin permiso. Eso decimos. Ha aparecido, incluso, el verbo “okupar”, donde la letra /k/ ya moviliza la semántica de la palabra hacia espacios de marginalidad. Desde luego, a uno le cae aquí más simpática la /k/ que la /c/. Ocupar los desarraigados siempre se preferirá a que ocupen los militares. Aunque en ambos casos sea sin permiso.
¿Y qué más? Sólo esto: que en una época en que tenemos todo por duplicado, en que lo obsoleto es ya aquello que tiene más de un mes de vida y hay que retirarlo de la vista (¿pero se han dado ustedes cuenta de la admiración que provoca la superficie de los actuales trasteros?), en que lo residual crece desproporcionadamente hasta ocupar más que los objetos del mundo activo, el miedo a acumular llega hasta querer depurar esa palabra, enmascarada por fin en esa otra: “pesar”. Las cosas, pues, ya no ocupan sino que pesan. Al menos en el mundo digital. A aquella identificación del Espacio y el Tiempo (minutos en vez de kilómetros) se añade ésta de ahora. Quizás el horror vacui tiene ahora su contrapeso en este horror pleni. Y nos hacemos, de momento, la ilusión de que todavía queda sitio para todos en el camarote atestado del mundo. O, dicho a la pata la llana, que por fin hay peces grandes que pesan poco.
Pero he de terminar este artículo ya. Me paso de la raya. Sí, creo que si sigo escribiendo pesará demasiado en su habitación digital.