—Eres sumisa y poco reivindicativa.
—Pues tú y tus colegas bien vacías que dejasteis nuestras arcas, así que mejor no hables…
—Pues anda, que los tuyos menudo agujero negro nos han dejado a nosotros.
—Mira, es una vergüenza que abras esa boca y no te sonrojes, pedazo de oscurantista.
—Tú sí que deberías callarte, irresponsable, que eres una irresponsable.
—Y tú un vago.
—Vaga lo serás tú, e hipócrita e ineficaz…
—Y tú un dejado, que en el fondo tampoco estás haciendo nada de nada.
—Pues tú más…
—No, tú más…
¿Son felices nuestros políticos? ¿Son inteligentes? ¿Son como niños? ¿Sabrían responder a las tres preguntas básicas que ya plantearon los griegos: quién soy, de dónde vengo, para qué estoy aquí?
No sé, la verdad. Están tan ocupados copando titulares con sus intercambios de insultos pueriles, mientras sueñan con llegar a ministros, que no deben de tener tiempo para otra cosa. No pasa un día sin que se llamen algo feo los unos a los otros, sumidos en una continua ofensiva verbal con precedentes. Sin embargo, también parece que cuidan cada vez más las formas, no vaya alguno o alguna a querellarse por traspasar esa frontera sutil que separa la libertad de expresión de las afirmaciones injuriosas que a Jiménez Losantos, por ejemplo, le están costando un ojo de cara y parte del otro.
Una de las cosas que debe dominar el político es el uso correcto del eufemismo. Se pueden llamar de todo, pero si además se tratan de usted, como muestra de respeto, mejor.
—Es usted un mago de la estulticia y su brillante inacción en la gestión nos está conduciendo a la cumbre de la ruina paupérrima.
—Pues usted domina la estolidez mejor que nadie, y debería sacar más partido de su aristocrática manera de dilapidar los fondos públicos…
El fondo del discurso real, no obstante, lo que deja traslucir es la absoluta falta de responsabilidad de los políticos en determinadas circunstancias. Cuando se van, cuando dejan su cargo, no hay manera de pedirles cuentas en caso de mala gestión. Y mientras están, la mayoría de las veces tampoco. Un ejemplo claro, que subyace en este cruce veraniego de ofensas verbales, es la ingente deuda del Ayuntamiento y la no menos ingente deuda de la Diputación. ¿Algún responsable?
Tomo la frase de una columna dórica del colega Paco Labarga,: “Hay un grupo de científicos que pretenden que se les deje experimentar con políticos, porque a las ratas se les acaba cogiendo cariño…”.