
MANU LEGUINECHE, periodista
"Hay que esforzarse para que el periodismo suene a nuevo,
a original, y dejar las fórmulas conocidas"
Manu Leguineche, que se autodefine como periodista, "y solo periodista", es una referencia en la profesión y un ejemplo de humildad y sencillez.
Manu Leguineche pasa el frío de Brihuega en Mojácar, donde se soporta mucho mejor. Oye la radio, lee la prensa y sólo enciende la tele para vibrar con el Athletic. El periodista de Arrazua (1941), icono de una época y un oficio, lamenta la desilusión que ve en el periodismo hoy
Mojácar (Almería).— Hay periódicos, muchos y variados, encima de la mesa, cubierta con un hule de cuadros blancos y azules. No podían estar en mejor sitio. Los diarios. Descuentan los días del invierno junto a uno de los periodistas más reconocidos, respetados y premiados del oficio. Leguineche se asoma al Mediterráneo, que casi entra por el balcón, y a una tarea que todavía adora.
¿Cómo encuentra la profesión?
Noto bastante desilusión. Quizá se deba a la crisis, de la que no puede escapar nuestro oficio. Habrá que esperar tiempos mejores y no rendirse, ¡no rendirse!, porque si hay síntomas de rendición lo veo muy mal. Sobre todo percibo desánimo. Quizá por mi condición de veterano y por estar un poco de vuelta no noto el entusiasmo, la vieja ilusión, en los periodistas jóvenes. Les veo frustrados y no tenía que ser así.
¿Qué receta extendería?
Coger el toro por los cuernos y echarle valor y vocación. Todos tenemos parte de culpa y todos tenemos que pelear para superar ese desánimo, hasta nosotros, que ya no valemos para mucho. No hay que desanimarse, pero no sé cómo se articula este deseo.
¿Cómo se ha llegado a este punto?
Nosotros fuimos afortunados, trabajamos mucho, o bastante, las cosas se fueron haciendo y hubo momentos muy altos, o bastante, de entrar al trapo en el trabajo, de hacer cosas… Ahora parece que hay un bajón y que la desilusión cunde entre los jóvenes. Es algo que me perturba, porque ellos son quienes tienen que tirar para adelante de este oficio construyendo nuevas cosas.
¿Desaparecerán los periódicos de papel, como algunos auguran?
Aunque no lo comparto del todo, eso parece. Parece que vamos a otra cosa. Sólo se habla de Internet. Yo lo tengo averiado siempre y no sé por qué. Mira, el papel nunca se avería. A veces me gusta enredar por ahí, pero otras me digo: "Pero qué hago con este cacharro". Cuando consigue funcionar tiene sus ventajas, sí.
Parece que es un momento clave para la prensa. Cada vez tienen menos sentido los periódicos que se dediquen a dar noticias ya ofrecidas por otros soportes. ¿Lo comparte?
Está claro. La gente necesita buscarse otros caminos, no hacer una imitación de lo que nos dan otros medios. ¿Qué puede ser eso? Francamente, no lo sé. Imagino que buscar caminos originales. Haría un esfuerzo por que esto sonara a nuevo, a original, por no autoexcluirse en fórmulas conocidas, aunque ya digo que no sé cuáles pueden ser. Me parece claro que hay que intentarlo, porque si no no llegamos a ninguna parte. Hay que luchar por buscar nuevas recetas, fórmulas e ilusiones. Eso convendría que se hiciera con una renovación del espíritu de aventura de los periodistas, que no sé si es mucho decir. Parece como que ya está hecho todo, hay una sensación de repetición.
¿Ha vivido algún momento así?
Pertenezco a otra época, a otra gente, a otro tipo de periodismo y de dedicación a este oficio. Y he sido inmensamente feliz. ¡He tenido una potra! Enviado especial, corresponsal… Ilusión, mucha ilusión. Que no parezca prepotencia, pero he sido muy feliz durante mucho tiempo. Incluso ahora, recordando cosas. Siento que esa felicidad es ahora desilusión. Les noto así.
La mayoría de los periodistas querrían ser corresponsales, enviados especiales… pero las empresas no van por ahí. La consigna es recortar gastos y salir poco de la redacción.
La rutina me disgusta mucho, porque hace de ti un trapo; tiene un efecto venenoso sobre nuestro oficio. Pero las redacciones son necesarias; lo importante es coincidir con equipos buenos y amigos estimables. Yo elegí otro camino alejado de la redacción y me fue muy bien. Pero no todos pueden dedicar cuatro meses del año a viajar. Aquella época nuestra no ha vuelto, o volvió de otra manera. Ya no se pueden mantener los géneros en su mismidad. Todos los profesionales pueden ser felices en la redacción haciendo el oficio que les gusta. En una redacción hay múltiples facetas y en ésas hay que luchar. Hay que adaptarse a las circunstancias. Los jefes y medio jefes tienen mucho que decir. O renuevan esto o caerá cada vez más.
¿Se puede gestionar un periódico como si fuera una fábrica de tornillos?
A veces gerencia y redacción nos distanciamos mucho, y así no se puede ir a ninguna parte. Somos una misma cosa y, por tanto, tenemos que buscar soluciones comunes, no impuestas. Hay que tender a la unidad. No se puede desilusionar a los chicos; hay que animarles más, motivarles más, y dejar hacer. Todos hemos tenido nuestras aficiones. La posibilidad de la jefatura de darte, no digo un año sabático, pero sí la posibilidad de abrir caminos para que renazca tu personalidad o se convierta en algo favorable es bueno. Hay demasiado aturdimiento y hay que evitar el desmoronamiento.
Los periodistas deberán hacer algo.
Los periodistas tienen que leer periódicos. Tienen que leer periódicos -remarca despacio-. Lo siento, porque a muchos esta idea no les parece muy grata. A algunos les cuesta mucho ponerla en práctica. Me molesta dar consejos, pero leer periódicos es fundamental. Y también formarse. Está muy bien eso de ir a la universidad y sacar un título, pero después hay que autoformarse. Y mucho. Si consigues algo será por esto segundo también. O sobre todo.
¿Percibe que se ha degradado la imagen del periodismo y del periodista?
Nunca ha sido un oficio bien considerado del todo. Yo que he pasado mucho tiempo en tabernas, bares y sitios así, siempre he oído esa discusión. El periodista nunca ha estado bien visto. En nuestra tierra ha pasado de mal a menos mal. Si te asomas a nuestra consideración, al principio a mí me comparaban con mi amigo Pepe, el kiosquero de Gernika. Y no te digo nada de la consideración social: no hemos sido nada, no nos han tenido por nada.
Y con lo del corazón, menos aún.
El periodista metido a mamporrero, o lo que sea eso, es muy visible. Es muy duro que a todos nos tengan por igual. Yo no soy nadie, pero a la gente que hace bien su trabajo no se le puede meter con la Pantoja. Hay un totum revolutum en el que parece que todos somos iguales, que todos hacemos la misma cosa, y eso no es así. Hay un gran defecto visual. No es por considerar buenos a unos géneros y a otros no, pero la gente tiene que entender que cada uno estamos para nuestras cosas, pero no todos para el corazón, que parece que es lo único que existe. Hay una frivolización general y un estirón importante de los sucesos domésticos. Denostábamos tanto a El Caso, y mira ahora…
La gente consume esos géneros. Lo atestiguan las audiencias.
Claro, es que si no das un toque frívolo te dicen que no se lee, que la gente se aburre… Nosotros mismos estamos perplejos por saber hacia dónde hay que ir. Este debate se ha planteado en España varias veces. Quienes dijeron que había que ir a lo frívolo fueron y fracasaron. Pero aquí seguimos, con todo mezclado. No puedes dar con el látigo de Indiana Jones a toda la redacción porque quizá tampoco recibe instrucciones novedosas de los jefes. ¡Pobre gente! Los que están despistados son los que más pena te dan.
¿También echa en falta patrones?
Sólo se cambia si el jefe del dinero sufre un rapto de locura y originalidad. Pero puede pasar algo que me decía Benedetti: "Quisimos cambiar, renovar, hacer cosas distintas, originales, pero los lectores no quisieron". Es un argumento a considerar. Los que tienen la dirección deben impartir instrucciones claras, novedosas, que signifiquen una ruptura con lo conocido. Eso se logra diciéndoles a los chicos las cosas claras: "Mira, esto que vas a hacer es una información de sucesos. Te diré que los sucesos se leen mucho más, o sea, que tu trabajo va a ser más necesario y útil para el diario". Hay que decir a cada uno que es útil y que va a representar un factor positivo en el periódico del día siguiente. Se debería hacer hincapié en estas cosas para que se ilusionen los jóvenes. Los ves desparramados y ya no sabes si van a trabajar, a emborracharse o a qué.
¡Si ya ni se bebe!
Bah, lo de antes era más leyenda que otra cosa, no te creas.
¿Están los periodistas condenados a ser ‘mileuristas’ o poco más?
Eso parece, lo cual es manifiestamente injusto. No sé a dónde van así, pero para allí van.
La experiencia tampoco está de moda en la profesión. Mire en TVE.
La experiencia me parece esencial, pero se han empeñado en largar a los veteranos de forma indiscriminada. ¡Espantoso! Lo que están haciendo en algunos medios no tiene nombre. Habrá que ver, cuando pase un tiempo, si era verdad que no les necesitaban. Veremos, veremos.
Ha hablado de leyendas. Para ser periodista de verdad, ¿hay que cubrir una guerra?
¡No hombre! ¡Qué dices! ¡Pero qué dices! ¡Nunca! Y lo digo con conocimiento de causa. Eso se puso de moda después de la Segunda Guerra Mundial, pero ahora ni las guerras son lo que eran. Lo hemos hecho un poco por vanidad; a todo el mundo le gusta salir en la primera página y cosas así. En este país, o llámale equis, ha habido una especie de carrera hacia el éxito profesional que fue asombrosa. En nuestras guerras convencionales nunca nos habíamos juntado más de dos o tres. De repente subió la cuota y todo el mundo quiso ser periodista de guerra, pensando que quizá le daría algún prestigio. Llegamos a ser miles. ¡Qué barbaridad! Esto que voy a decir no lo decimos nunca, pero en muchos casos, no en todos, hay muchas dosis de vanidad. Es algo estudiado.
Y en otros casos, ganas de cambiar el mundo. ¿Acaso ingenuidad?
Te atrae ir a allí, la pequeña atracción del peligro, la pequeña atracción de volver a los sitios en los que has estado a terminar cosas pendientes. La gente que dejas atrás te da pena y todavía piensas que puedes hacer algo por ellos, por renovar sus argumentos para cambiar las cosas. Casi nunca es posible. Con nuestros medios tampoco se puede hacer mucho; si pertenecieras al New York Times o a medios así pienso que se podría hacer algo más sólido, más efectivo. Esta virtud nuestra de ir corriendo por detrás de las guerras en cuanto suena el clarinazo no sé hasta que punto termina siendo una cosa nuestra: nos divierte, te apetece ser coleccionista de conflictos, la vanidad… Luego descubres que aquello tampoco es gran cosa, que tus periódicos tampoco van a poder hacer mucho por arreglar lo que te gustaría… He terminado, no desilusionado, pero sí escéptico sobre mis posibilidades concretas. He estado en muchas guerras, he creído que con eso podía cambiar un poco el mundo y bueno… pues que aquí estamos, parecido a como estábamos. Luchas para que todo funcione mejor y ves que tras una guerra viene otra, que si no es una guerra es un simulacro… Y no, no mejoran. Tras la Segunda Guerra Mundial ha muerto la suficiente gente como para que mejorasen, pero aquí seguimos.
¿Desencantado?
Tampoco se puede hablar de desencanto, porque he sido inmensamente feliz, muy feliz.
¿Volvería a ser periodista?
¡Por supuesto!, pero a lo mejor trataría de renovar mi mensaje y me dedicaría al periodismo, cómo llamarle, humanitario, humano. En cualquier caso, a ser testigo de la humanidad y de sus múltiples facetas. Eso de las pateras es una angustia diaria, una angustia total. Y está la indiferencia de la sociedad. Nadie mete mano ahí. Escribí un artículo desesperado hace dos veranos sobre el tema y me dije: "Manu, no te sirve para nada, te pongas como te pongas va a seguir siendo así". Y vuelves a oír lo de los niños ahogados a unos metros de la costa… ¡Qué vómito, coño! Toda la gente preocupada con la crisis y nadie habla de las cosas verdaderamente importantes.
Y si no, cronista de ’su’ Athletic.
Ya me gustaría, ya. Envidio mucho a mis compañeros. ¡Qué pasión, eh! Desde que mi padre me metió el veneno ya no he podido dejarlo. Te dices que no vas a ver ni un partido más y al siguiente estás plantado como un queso delante de la tele o del transistor. He oído partidos del Athletic en las radios más inesperadas: en Perú, en las selvas ecuatorianas, en la cordillera del Himalaya… No hay manera de dejarlo.
El 13 de mayo podrá escuchar una nueva final de Copa por la radio.
Conviene de vez en cuando. Así estás otros veinte años sin hacer nada o pensando cómo será la nueva gabarra. El Athletic tiene un gran público. Me maravilla. Da gusto verlo y espero que se conserve para siempre. No soy muy exigente: con quedar en un puesto bueno, lejos del infierno de la Segunda, me vale. El Athletic es mi cordón umbilical. Si pierde me resigno, mal, pero me resigno, y estoy de un humor de perros.
Y de Euskadi, ¿qué?
Ya no sé ni cómo llamarle. ¿Euskal Herria? ¿Euskadi? Como decía Sartre, es una pasión inútil. Todos estamos esperando una reconciliación y una nueva esperanza. No lo digo con chulería o prepotencia, pero los vascos tenemos una cantidad de valores. ¡Te da un gustirrinín saber que tenemos una cantante de ópera, pintores, escritores o deportistas de tan alto nivel! Me congratula ser vasco. ¡Qué ilusiones, eh!
Ilusiones… y un gran problema: la violencia.
Es una pena. Deja discurrir poco y mal. Me gustaría pensar que esto va a cambiar, pero no le veo solución a corto plazo. No quiero ser agorero.
¿Se ha sentido querido en Euskadi?
De un tiempo a esta parte, muchísimo. Siempre he tenido gran pasión por el anonimato y nunca había dicho nada; soy así. Lo que siento de verdad es que mi padre no haya podido ver esto. Me echo a llorar. Por él más que nada. Todo eso de los premios es vanidad, y nunca he creído en ella. No sirven para nada y seguirás siendo una insignificante pulga. Mi padre hizo el esfuerzo de concederme el permiso para ser periodista y le hacía ilusión cuando surgía algo de lo mío. Murió muy joven y es una pena que no haya podido disfrutar de los premios, porque él sí lo hubiera hecho. Mi padre sí. Ya ves: que somos unos sentimentales.
Usted ha convivido con la muerte toda su vida. ¿Qué relación tienen?
Desde que viví en Asia soy un poco senequista. Siempre supe que me podía pasar algo y lo admití. Está bien en la vida, y como periodista, hacerte un planteamiento de este tipo. Decirte: me pueden raptar en Colombia, pegar un tiro en Georgia… Ya ves: me he hecho senequista, un poco fatalista, pero me ha venido bien ese blindaje. En la vida es igual: eres lo que te has preparado para ser. Y si no hay más, pues no hay más.
¿Por qué nadie habla mal de Manu Leguineche? Ni los otros periodistas, que ya es decir.
Eso es incierto; es una leyenda blanca que tiene bastantes agujeros. Lo que sí he hecho es tratar de no antagonizar con la gente. No sacrifico un amigo por una exclusiva, por ejemplo. Esas cosas quedan, y de ahí esa leyenda blanca. Me gusta llevarme bien con la gente, y me gusta incluso mucho. No sé si servirá para algo, pero es que soy así. Las grandes broncas me ponen malo. Desde niño.
Algo tendrá el agua cuando la bendicen y algo tendrá Leguineche cuando le conceden tantos premios.
¡Buff! ¡Menuda temporada! Me han dejado KO con tanto premio.
Entre oficio y una familia ‘normal’, eligió lo primero. ¿Inevitable elegir?
Unos consiguen unas cosas y otros, otras. Al final todo se aclara. O casi todo. Ha habido que sacrificar bastantes cosas para lograr la libertad necesaria para desarrollar este oficio. Esa libertad necesaria consiste en que suena un teléfono a las seis de la mañana y a las siete estás en Barajas en el avión. He disfrutado: te encontrabas con un golpe de estado que te resultaba simpático, una guerra apañadita… Como oficio ha sido muy interesante. Lo resumía bien un compañero: "No tuvimos infancias felices pero tuvimos Vietnam".